Aviraneta se marchó a su casa y durmió hasta muy entrada la mañana.
Al despertarse supo que Riego se había sublevado y proclamado la Constitución del año doce.
Por lo menos, la primera parte del plan de Riego había tenido éxito.
La segunda parte del proyecto consistía en avanzar con las tropas sublevadas a Arcos de la Frontera, donde se encontraba el Cuartel general, y prender a los jefes.
Los batallones de Asturias y Sevilla salieron de Cabezas de San Juan a las tres de la tarde, y a las dos de la mañana se presentaron delante de Arcos.
El teniente Bustillo estaba encargado del arresto del general en jefe, Calderón; Miranda, del general Fournas, y Valcárcel, del general Salvador.
Mucho tiempo se perdió delante de Arcos. Se había decidido que Asturias entrara por un punto, y Sevilla por el contrario; ya comenzaba a clarear y no habían llegado los de Sevilla.
Riego, impaciente, mandó cinco compañías y ordenó la prisión inmediata de los generales. Se hicieron las prisiones, se dispararon unos cuantos tiros, que mataron a dos soldados de la guardia de los generales, y cuando no se sabía qué hacer apareció en Arcos el batallón de Sevilla, que venía de Villamartín y se había perdido en el camino.
Difícilmente se podía comprender que un movimiento tan mal planteado y dirigido acabara con tanto éxito.
—¡Qué suerte tiene esta gente!—murmuró Aviraneta con cierto despecho.