Posesionado de Arcos el ejército rebelde, se proclamó la Constitución y se nombraron alcaldes.

El batallón de Guías fraternizó con los sublevados.

Por la noche, Riego envió a varios oficiales con una columna, formada por compañías de los tres batallones que habían iniciado el levantamiento, a que se acercaran a los pueblos de la bahía de Cádiz para anunciar el triunfo de la Revolución.

Aviraneta, pasado el momento de despecho, quiso ayudar a la obra revolucionaria. Se había enterado de que en Bornos estaba de oficial un amigo suyo de Azcoitia, Félix Zuaznavar, afiliado a la masonería y complicado en la conspiración de Renovales.

Aviraneta marchó a Bornos a hablar a Zuaznavar y no necesitó convencerle. Zuaznavar se reunió con él en seguida, y fueron juntos a Arcos, a presentarse a Riego.

Era Zuaznavar un hombre alto, fuerte, huesudo, entusiasta de las ideas revolucionarias. Había luchado en la guerra de la Independencia y estaba inflamado de ardor liberal y patriótico. Zuaznavar aseguró que si se presentaba Riego, el batallón segundo de Aragón, que estaba en Bornos, se uniría a él.

Riego escuchó las proposiciones de Zuaznavar y decidió salir a las tres de la mañana, a pesar de hallarse enfermo, camino de Bornos, con un destacamento de trescientos hombres.

Se dió la orden de marcha, y al alba se llegó al pueblo. Se colocó la tropa desplegada en batalla sobre una altura y se esperó.

Aviraneta, Zuaznavar y otros dos oficiales vascos, Arribillaga y Sorrozábal, marcharon al pueblo a sublevar la tropa. Un teniente del batallón, llamado Valledor, detuvo al comandante del regimiento de Aragón, lo hizo prisionero y se lo entregó a Riego, que avanzaba hacia el pueblo, montado a caballo, al lado de su asistente y de dos ordenanzas de infantería.

Poco después comenzaron a sonar los tambores, y el batallón entero, tocando generala, salió de sus alojamientos de Bornos dando gritos de «¡Viva la Libertad!», «¡Viva la Constitución!».