La gente sabía que Aviraneta era el verdadero jefe, el organizador de las fuerzas de la Libertad, como se decía entonces con el énfasis de la época. Aviraneta se ocupaba sin descanso en los asuntos de la Milicia Nacional, resolvía las dificultades y escribía las proclamas con recuerdos de Roma y de los comuneros de Castilla.
Sabía don Eugenio, por su aprendizaje con Merino, el resultado que daba la disciplina y hacía lo posible por inculcarla. Se cobraba a los exentos de la Milicia voluntaria y se ponían multas pequeñas a los milicianos que faltaban a las guardias, y estas multas no se perdonaban.
Aviraneta, al comenzar la organización de la Milicia, formó su tercio con guerrilleros del Empecinado; tenía una docena de caballos y los prestó a los amigos. Al poco tiempo el tercio suyo estaba completo y presentaba un aspecto decidido y marcial.
Los absolutistas de Aranda, que se reían de los milicianos de infantería, casi todos gordos, pesados y arlotes, miraban con disimulado terror estos tercios de ex guerrilleros que galopaban por la plaza del Obispo asustando al público y daban cargas a galope tendido...
Transcurrida una hora u hora y media de ejercicio se dió descanso a la tropa, y los jefes se reunieron formando un grupo en una taberna, con honores de café, a tomar un refresco.
El tabernero había sacado una mesa fuera de la tienda y se había entretenido en regar con un botijo haciendo ochos y otros arabescos en el suelo polvoriento.
El comandante de las fuerzas, don José Díaz de Valdivieso, el médico, era un hombre de mucho aspecto y de poca inteligencia, a quien se le había otorgado el mando precisamente por su nulidad.
Era un viejo guapo, de pelo blanco y de aspecto decorativo. Don José hacía lo que le indicaba Aviraneta, y no pasaba de ahí.
De los oficiales de la Milicia de infantería ninguno valía gran cosa. Entre ellos se distinguía el señor Castrillo, el farmacéutico, hombre amable, gran jugador de dominó y ajedrez, liberal tibio y un tanto volteriano, que se reía de sí mismo al verse vestido con uniforme y morrión; un guarnicionero, bajito, rubio, furibundo en sus ideas liberales, pero poco inteligente, y un maestro de escuela, viejo, el maestro Sagredo.
Sergio Sagredo era un entusiasta de las ideas nuevas y se hallaba animado de un deseo de saber verdaderamente raro. Este hombre había aprendido él solo el latín y el griego y estaba estudiando el francés y el alemán con Schültze, un relojero suizo, de Zurich, establecido en la Plaza Mayor y que era también miliciano.