II.
DIAMANTE
Los tercios de caballería los mandaban: uno, Aviraneta; el otro, un joven llamado Frutos San Juan, y el tercero, un tal Diamante.
Estos dos últimos oficiales habían sido nombrados por don Eugenio.
Alejandro López Diamante era todo un tipo: alto, moreno, huesudo, de cráneo pequeño y seco, la nariz corva, el bigote gris, la piel tostada por el sol, las manos sarmentosas.
Tendría unos cincuenta años. Había sido estudiante de cura y vivido con un tío suyo casi toda la vida.
Diamante era solterón, cazador y avaro. Su gran pesar databa de la guerra de la Independencia, por no haber podido tomar parte en ella. Su tío juró varias veces desheredarle si se marchaba, y Diamante, entre el dinero y la guerra, optó por el dinero. Era su gran dolor.
Diamante era resistente e insensible. Cuando iba de caza dormía en las matas, recibiendo el sol o la lluvia sobre su cuerpo amojamado. No sentía el frío ni el calor, ni el hambre. Un poco de pan, un poco de agua y una piedra o un manojo de hierbas para apoyar la cabeza le bastaban.
Diamante tenía una casa pequeña y unos majuelos heredados de su tío.
Diamante apenas comía por no gastar; llevaba siempre ropas remendadas y viejas, y aseguraba que las usaba por comodidad.