Diamante vivía con un criado llamado Magdaleno, uno de los hombres más cazurros del pueblo.

Magdaleno tenía facha de sacristán; una cabezota grande, la nariz chata y la cara redonda, en la que las barbas le salían negras y duras como pinchos a la media hora de afeitarse.

Diamante no pagaba nada a Magdaleno, ni aun siquiera la comida; le daba sólo la casa y la luz—la luz del sol—. Amo y criado se llamaban de tú, aunque no en público; disputaban, se insultaban y cada uno se hacía la comida.

Diamante no era sensible mas que en cuestiones de dignidad; en puntos de honor, jerarquía o derecho no cedía jamás.

Unido a esto tenía una arbitrariedad indignante.

No había modo de que enmendase una injusticia o una antipatía inmerecida. Se sentía infalible como el Papa. Daba su fallo y ya no volvía de su acuerdo.

Había en el pueblo un comerciante catalán que se llamaba Catá; él decidió llamarle Cantá, y aunque el interesado asegurase llamarse Catá, Diamante seguía convencido de que su verdadero nombre era Cantá.

Según Diamante, unos lo merecían todo; otros, nada; que no le pidieran explicaciones, porque no las daría.

Para exagerar su severidad, el maestro Sagredo le había prestado los libros de Salustio, Tito Livio y Tácito, y Diamante, cuya buena memoria recordaba muy bien lo leído, quería ajustar todo lo de la época a aquellas narraciones romanas.

Si se encontraba entre gente indocta abusaba de su erudición.