—A mí me gusta ser pedante con estos brutos—decía.
Lo que más despreciaba Diamante era el sentimentalismo.
—Ñoñerías, chiquilladas ridículas—solía repetir con desprecio, y añadía con entusiasmo—: Diamante es duro como su apellido.
Diamante era un bloque, si no de carbono puro cristalizado, de algo parecido; se mostraba ordenancista y severo como nadie.
Aviraneta recomendó a Diamante creyéndole hombre útil para la organización de la Milicia; después se convenció de que no servía para gran cosa; pero, a pesar de esto, le gustaba oírle y hablar con él.
El Licenciado Diamante, como le llamaba don Eugenio, era un hombre pintoresco. Sórdido las más de las veces, generoso en ocasiones, arbitrario siempre, Diamante podría ser tenido por un ejemplar extraño de la especie humana. Diamante, además de su avaricia normal, tenía un orgullo vidrioso, un deseo de gloria que le producía un sentimiento de postergación y de tristeza.
Para él era imposible estar contento. Algunas veces por cuestiones de jerarquía inició disputas con Aviraneta y con Frutos San Juan, pero Aviraneta y Frutos cedían.
Diamante no quedaba satisfecho y solía refunfuñar largo tiempo.
—Con esa indiferencia que tiene usted—le decía a Aviraneta—, no se puede hacer nada bueno.