Aviraneta reía, y Diamante tan pronto le admiraba como le odiaba, y estaba tentado de sacar el sable y darle un sablazo. A veces, como si la diosa Minerva se posesionase de su cerebro, Diamante hablaba con una gran cordura y discreción.
Realmente no es una cosa muy moral el contemplar en otro hombre cómo se desatan las malas pasiones; pero para la mayoría de los humanos el espectáculo de un espíritu borrascoso es interesante y divertido.
El jefe del otro tercio, un joven de Aranda llamado Frutos San Juan, era algo así como el familiar de Aviraneta.
Frutos, hijo de una viuda pobre, estaba de escribiente en el Ayuntamiento, cuando Aviraneta le tomó como secretario y le nombró oficial de la Milicia de caballería.
El joven Frutos era muy solapado, muy hipócrita. Tenía mucho éxito con las mujeres, y esto quizá le había hecho cauteloso, pues no sólo se dedicaba a las solteras, sino también a las casadas.
Frutos era guapo, moreno, de pelo ensortijado y ojos negros, brillantes; se las echaba de modesto y de discreto; pero, a pesar de esto, le gustaba deslumbrar con joyas falsas y con sonrisas tan falsas como sus joyas.
Frutos había sido monaguillo y recibido una educación sacristanesca.
Este joven aprovechado vivía en una continua ansiedad. En el fondo de su alma, las ideas recibidas por él pugnaban con las nuevas que oía exponer a Aviraneta y a sus amigos. Le maravillaba, sobre todo, el poco temor de don Eugenio por los curas y frailes. Él, en su interior, temblaba; los altares, las imágenes, las lámparas misteriosas eran señales claras de la divinidad. Los retablos le parecían de oro macizo; la campanilla del viático sonaba para él de otra manera que una corriente; las voces del órgano las tenía por sobrenaturales.
De día, el joven Frutos se sentía valiente y capaz de manifestarse enemigo de los frailes; pero de noche y en la soledad, temblaba, y cada impiedad suya la sentía como espada de Damocles sobre su cabeza de pelos rizados. Cuando no pasaba ninguna catástrofe se maravillaba.
Frutos traicionaba, sin notarlo, a Aviraneta; hacía favores a los enemigos del jefe y sostenía amistades con el bando contrario.