Le ayudaba en esta obra el alguacil Fermín Cabello, alias Argucias. Cabello era tipo delgado, de ojos pequeños y mirada atravesada. Argucias, cuyo apodo le retrataba bien, era enemigo acérrimo de los constitucionales, pero se guardaba su odio contra ellos y hacía el papel de hombre indiferente, que no se ocupa mas que en ganarse la vida.
Aviraneta sorprendió varias veces al alguacil en un espionaje sospechoso; pero quería pescarlo de una manera flagrante para caer sobre él.
Todos los oficiales de la Milicia de a pie y a caballo se hallaban sentados en la taberna de la plaza del Obispo.
—¿Han leído ustedes la prensa de Madrid?—dijo el boticario Castrillo—. Se dice que el Gobierno tiene dificultades, que España se llena de extranjeros y que estos extranjeros vienen a producir perturbaciones.
—¡Ah! Si yo estuviera en el Poder no habría perturbaciones—exclamó Diamante.
—¿No?—preguntó burlonamente Frutos.
—No, señor. Porque fusilaría a todo sospechoso, a todo desafecto al Régimen. Esta benevolencia ridícula nos mata. Aquí no hay fibra, no se toman las cosas en serio. El otro día, al pasar por delante de la huerta del tío Lesmes, nos gritaron: «¡Masones! ¡Mata frailes!», y nos tiraron dos piedras. Yo le dije al comandante: «Hay que arrasar esa huerta». Y no quiso.
—¿Y la hubiera usted arrasado? ¡Qué barbaridad!—dijo Frutos.
—Arrasaría la mía. Antes que nada, está la libertad y la patria.