—Es verdad—asintió el Lobo.
—Así debe ser—añadió un viejo, dejando el vaso de vino vacío en la mesa.
Este viejo era un sargento de infantería, antiguo soldado que había hecho varias campañas. El tal sargento, llamado Valladares, vivía casi de limosna en casa de su hija, casada con un labrador rico, que trataba al viejo de mala manera.
Valladares se sentía liberal; más que liberal, partidario del Gobierno. El Gobierno para él siempre tenía razón. Valladares ganaba un pequeño jornal por dar a los fuelles del órgano en la parroquia de San Juan. Era el viejo soldado un hombre alegre, la cara atezada y redonda, los ojos vivos y alegres, la nariz peluda; contaba sus hazañas guerreras en el Rosellón y en la guerra de la Independencia muy bien, sobre todo cuando estaba un poco borracho.
Aviraneta sonrió al oír a Diamante y a Valladares.
Se habló de los defectos que quedaban aún en la organización de la Milicia, y se volvieron a formar las tropas de nuevo.
Se hicieron varios movimientos con todas las fuerzas, y después, las dos compañías de infantería, en una columna, seguida de los tercios a caballo, evolucionaron por la ancha plaza al compás de la música de tambores y pitos, que tocaban el Himno de Algeciras, que empezaba a llamarse el Himno de Riego.