Unos meses después de haber sido nombrado teniente de la Milicia voluntaria de caballería y regidor primero de Aranda de Duero, designaron a Aviraneta para comisionado del Crédito Público.

Con estos tres destinos, don Eugenio era el amo del pueblo.

Se había discutido en las Cortes del Reino si los milicianos nacionales podían desempeñar otros cargos, y se declaró por el Congreso que no sólo el ser miliciano no debía servir de obstáculo para conseguir un empleo, sino que debía considerarse como mérito.

Cada cargo ocasionaba a Aviraneta mucho trabajo y muchas molestias; pero él se daba por satisfecho con dirigir el pueblo.

No se contentaba sólo con esto, sino que aspiraba a dominar toda la comarca, y enviaba al jefe político informes claros y precisos acerca de los Ayuntamientos que no cumplían inmediatamente los decretos de las Cortes; señalaba a los que no habían jurado la Constitución, a pesar del falso testimonio de los secretarios, y a los que no habían organizado la Milicia Nacional, o que, habiéndola organizado, no se daban prisa en instruírla.

Aviraneta miraba el nuevo régimen como una cosa suya personal, y estaba dispuesto a todo por sacarlo adelante.

Al mismo tiempo que regidor y oficial de caballería, don Eugenio hacía de intendente, llevaba las cuentas, se encargaba del armamento y de solucionar la serie de dificultades económicas que se presentaban.

En el Ayuntamiento, Aviraneta había preparado una habitación que daba hacia el Duero, y allí trabajaba.

Todos los asuntos los despachaba él. El corregidor firmaba únicamente. Aviraneta tenía la ilusión del revolucionario que cree que una sociedad puede cambiar en su esencia en pocos años.

Aviraneta y el secretario del Ayuntamiento eran hostiles. El secretario, tipo de absolutista, viejo, calvo, demacrado, cauteloso, ponía trabas a toda tentativa liberal, atrincherándose en las fórmulas, en las costumbres. El secretario daba a entender que no quería mas que el éxito de los propósitos liberales del Gobierno; pero les hacía toda la guerra posible.