Desde la promulgación de la Constitución, el partido absolutista de Aranda, formado por el clero y dirigido por un señor del Pozo, iba tomando cada vez más fuerza.
Aviraneta, puesto en contra de él, se empeñó en que los párrocos explicaran los artículos de la Constitución los domingos; pero los párrocos, apoyados por los absolutistas, se empeñaron en no hacerlo.
El señor del Pozo, en unión de un propietario rural, don Narciso de la Muela, absolutista furibundo, iba organizando la contrarrevolución. Los curas, el secretario del Ayuntamiento, el fiel de fechos Santa Olalla, el alguacil Cabello y otros formaban la Junta Realista, que por días iba haciéndose más poderosa.
Uno de los agentes activos de esta Junta era un hombrachón alto, rubio, blanco, casi albino, con unos ojos vidriosos y abultados como dos huevos, el uno dirigido al este y el otro al oeste, y la voz atiplada. A este ciudadano inflado y grasiento, por ser entrometido y chismoso, llamaban en el pueblo la Gaceta. La Gaceta era de primera fuerza para el descrédito de algo o de alguien. Mentía descaradamente, pero con gran habilidad, y sus embustes tenían siempre una intención maquiavélica.
El fiel de fechos don Domingo Santa Olalla era hombre también atravesado y absolutista. Los liberales de Aranda le llamaban Poncio Pilatos, y, efectivamente, tenía aspecto de procónsul romano. Era tipo sombrío, grave, cumplidor de su obligación y ferviente fanático.
A pesar de su fanatismo, no aspiraba mas que a cumplir la ley. Sabía que Aviraneta y sus amigos saltaban por ella siempre que podían, y esto indignaba a Poncio.
Santa Olalla tenía un odio profundo por los constitucionales y un gran desprecio por los absolutistas, enredadores y chismosos, como Cabello y la Gaceta.
A medida que pasaba el tiempo, constitucionales y absolutistas iban organizando sus huestes.
El nombramiento de Aviraneta para comisionado del Crédito Público alarmó a los clericales de la comarca.
Las Cortes habían decidido suprimir los monasterios de monacales, cerrar todo convento que no llegase a tener veintiocho profesos y enajenar sus bienes para hacer frente a los gastos de las guerras pasadas.