Se quería que en cada pueblo se formase un expediente y un plano catastral de los terrenos baldíos, con expresión del deslinde, calidad, uso, aprovechamiento, etc., reservando los ejidos necesarios para los ganados de los pueblos.

Parte de estos terrenos pensaba el Gobierno reservarlos para los gastos del país, y parte venderlos en parcelas a bajo precio y a plazos.

Se quería crear una clase de pequeños terratenientes sobre las grandes propiedades monacales, con lo cual se suponía que el nuevo régimen podría consolidarse y que los propietarios advenedizos a la posesión serían los más acérrimos partidarios de la legalidad revolucionaria.

La medida, bien pensada, no dió resultado, y el pueblo, constantemente, rechazó aquellas ofertas, que le parecían sacrílegas. Si alguno se aprovechó, luego se hizo más católico que nadie.

Aviraneta, a pesar de que vió desde el principio la hostilidad popular, no retrocedió; siguió trabajando con entusiasmo en sus inventarios. Con su letra española clara y puntiaguda, de finos gavilanes, estilo Iturzaeta, escribía folio tras folio, día y noche, sin cesar.

Mandaba a los jueces pedimentos solicitando la subasta de los bienes nacionales; enviaba conminaciones a alcaldes, escribanos, tasadores...

Era imposible promover la formalización de los expedientes. Algunos jueces liberales comenzaban la incoación; pero tenían que abandonarla pronto. Todo el mundo hacía lo posible para que los trabajos quedasen interrumpidos.

Aviraneta quería luchar así, de cerca, convencido de que era el único modo de instaurar la era revolucionaria.

Algunos amigos le advertían que a su lado, como tiburones que siguen a un barco, había gente desacreditada y sin escrúpulos que iba a ver si se lucraba con los bienes nacionales.

Uno de ellos era un contratista, un tal Emilio García, de Vadocondes. García era uno de esos hombres que en un momento de revolución ven una fortuna que hacer. García era hombre frío, audaz, indiferente a todo lo que no fuera negocio. Tenía un pie en el realismo y otro en la revolución. Se servía de dos agentes, un miliciano a quien llamaban el Rojo y del hombre a quien decían la Gaceta. A veces se entendía también con Frutos.