Aviraneta pensaba que a esta gente ambiciosa había que franquear el acceso a la riqueza, porque una mesocracia adinerada era indispensable para afianzar el liberalismo. Sin cambio de propiedad, imposible el cambio de régimen.

Algunos se lamentaban de esto.

—Es una cosa absurda—les decía Aviraneta—. ¡Como si la propiedad antigua hubiera sido adquirida por otros medios que el robo y la violencia!

No todos los liberales del pueblo estaban de acuerdo con Aviraneta; algunos, molestados porque se había dado el mando a un advenedizo, no querían nada con él.

Estos eran la mayoría gente rica que se consideraba postergada.

Si en la esfera de los aristócratas existían descontentos, también los había entre los demócratas, los cuales se hallaban representados por los contertulios de un zapatero remendón llamado Domingo, de la calle de la Canaleja.

De la zapatería del tal Domingo salió con el tiempo una torre de Comuneros tan efímera como las tapas y medias suelas del establecimiento, y algunas mujeres, hermanas o amigas de estos comuneros, se adornaron con la banda morada de los Hijos de Padilla.

El zapatero, jefe de los descontentos, era un jorobado enredador, el zapatero Simón de Aranda, a quien se le decía Dominguín y Domingo Siete. Este último apodo se lo habían puesto los liberales por su inoportunidad.

Sabida es la historia del jorobado a quien las brujas colocaron otra giba por inoportuno.

Había ido un giboso un sábado por la noche a un bosque donde moraban las brujas, y les había oído cantar repetidas veces, con la melancolía de una canción que no se conoce bien, este estribillo: