Jueves, viernes, sábado, seis.
Entonces el giboso, saliendo de debajo del árbol, gritó con voz aguda:
Y domingo, siete.
Las brujas, que tenían cierto sentido estético, lanzaron un grito de disgusto y de repulsión, digno de un profesor de Retórica, al ver que no se respetaba la sagrada medida del verso, y cogiendo al jorobado, le arañaron y le colocaron la joroba del giboso del sábado anterior.
A Dominguín el zapatero se le consideraba tan inoportuno y audaz como el jorobado del cuento, y por eso se le llamaba Domingo Siete.
Dominguín, Tumbatoros el cortador, Payuco el gitano, Matías el sanguijuelero y un matón a quien llamaban el Tarambana formaban la extrema izquierda arandina.
Aviraneta tenía como colaboradores a su secretario Frutos San Juan y a Diamante.
Frutos trabajaba sin entusiasmo, Aviraneta no sospechaba que Frutos estuviera vendido al celebérrimo oro de la reacción; suponía que le faltaba celo, nada más.
Diamante dedicaba todas sus fuerzas a la lucha liberal. Quería dominar por el terror. Había echado a volar la noticia por el pueblo de que al primer intento absolutista haría una sarracina de las gordas.
Aviraneta al principio vivía con su madre y con una criada vieja de Irún, Joshepa Antoni; luego se separó de ellas por muchas razones. La primera y más importante era que no quería que sus enemigos pudiesen vengar en su madre las ofensas que supusieran haberles inferido él.