Aviraneta echó a volar la especie de que la buena señora estaba muy incomodada con su conducta.
Aviraneta iba a comer con su madre todos los días, y después, burlonamente, en vascuence, le contaba lo que ocurría en el pueblo. Ella le oía mientras hacía media y le recomendaba que no fuera demasiado audaz ni hiciera muchas locuras.
Aviraneta explicaba sus dificultades y sus luchas como asuntos de poca importancia.
Los domingos Aviraneta iba de caza con Diamante y sus dos criados, el Lebrel y Jazmín.
Solía andar por las proximidades de Aranda persiguiendo zorras y liebres, y cuando había varios días de fiesta seguidos marchaba con algunos amigos a los pinares de San Leonardo o a las sierras de Burgos y del Urbión.
A Aviraneta le gustaba visitar los parajes que había recorrido como guerrillero. Al mismo tiempo se evitaba así las fiestas religiosas, a las cuales, como regidor, no tenía más remedio que acudir estando en Aranda.
Tenía Aviraneta varios caballos, entre ellos dos magníficos, Piramo y Tisbe; tenía también varios perros y uno favorito, al que llamaba Murat.
En el pueblo se odiaba a Aviraneta cordialmente; pero, a pesar de esto, él se encontraba bien allí y decidió instalarse en Aranda y comprar una casa vieja bastante alejada de las demás, que se llamaba la Casa de la mujer muerta o la Casa de la Muerta.
Esta casa antigua, colocada en una encrucijada estrecha, construída a medias de ladrillo y adobes, era sólida, espaciosa y bastante bien conservada.
Se tenía contra la casa cierta prevención: en tiempo de la guerra de la Independencia había sido hospital, y después vivió en ella gente pobre. Era un refugio de chusma maleante y vagabunda; todos los zapateros y paragüeros remendones que llegaban a Aranda iban a alojarse allá.