La historia de la casa era romántica. Se contaba que hacía dos siglos había pertenecido a un caballero principal muy desgraciado. Este caballero tenía un hijo y una hija. La hija había muerto abrasada en un incendio, y el hijo, con gran disgusto de su padre, pretendió casarse con una judía.

El pobre caballero, viendo la terquedad de su hijo y sabiendo que la judía se iba a convertir al cristianismo, la aceptó en su casa, y el mismo día de la boda la muchacha, al asomarse a una ventana, cayó al patio y quedó muerta. Desde entonces, al decir de la gente, se tapió aquella ventana y el padre y el hijo desaparecieron.

No se decía si en la casa se paseaban los duendes con su indumentaria ad hoc de sábanas, velos, cadenas, etc.; pero no era improbable que la gente lo pensara.

Aviraneta compró la Casa de la Muerta y llevó obreros para restaurarla. Puso cristales pequeños y romboidales emplomados en casi todas las ventanas, cosa que pareció un lujo provocativo e insultante. Arregló bien las cuadras, blanqueó las habitaciones y compró muebles, los necesarios para un hombre que podía vivir como un árabe del Desierto en una tienda de campaña.

Sólo tenía el comedor y una sala biblioteca arreglados con cierto lujo y comodidad.

En el piso bajo Aviraneta instaló su despacho para sus asuntos de regidor y de teniente de la Milicia. Había mandado poner marcos a varias estampas liberales, y en el centro, encima de su mesa, tenía una lámina, titulada El entierro de los serviles, con esta leyenda:

Si el servil esfuerzos hace

para salir de la sima

donde por nuestro bien yace,