¡milicianos, tierra encima

y que requiescant in pace!

En este cuarto se celebraban las reuniones masónicas de Aranda.

Aviraneta no pudo ocupar toda la casa; la mayoría de los cuartos los dejó sin arreglar; muchos, sin piso y sin cristales y con los techos caídos. El huerto también se hallaba abandonado, lleno de maleza, con los caminos invadidos por los hierbajos y las paredes por las zarzas.

Aviraneta quiso limpiarlo, y se empezaron a sacar de la huerta a cestos piedras, suelas de zapato y varillas de paraguas en tal cantidad, que Aviraneta se cansó de este cementerio de paraguas y de botas y decidió no cultivar el jardín.

La madre de Aviraneta se quedó asombrada al ver la casa.

—Pero, ¡qué locuras hace este Eugenio!—exclamó, llevándose la mano a la frente.

La compra de la Casa de la Muerta contribuyó a aumentar la fama de extravagancia de Aviraneta.

—¡Qué desgracia la de esa señora tener un hijo así!—se decía.

El regidor era para algunos arandinos un enigma; para otros, el enemigo del pueblo, y a muchos no les hubiera chocado verle la punta de la cola por debajo de la capa y despedir un olor penetrante de azufre.