Excepción hecha de los milicianos, nadie se acercaba a la Casa de la Muerta.

Aviraneta tenía en ella una criada vieja y dos mozos de cuadra, que eran también guerrilleros, el Lebrel y Jazmín.

El Lebrel era un gran cazador. Jazmín, como un criado de comedia antigua, tenía gran fertilidad de recursos y de intrigas y era atrevido, hábil y valiente.

Estos dos muchachos ternes guardaban las espaldas de Aviraneta en algunas ocasiones, eran la guardia negra del tirano, dos bravi capaces de batirse a pedradas, a estocadas o a tiros.

Aviraneta les enseñaba la esgrima del palo y del sable. Algunas veces necesitaba de sus dos muchachos y le acompañaban ambos armados y embozados en la capa.

Cada día que pasaba Aviraneta era más odiado.

Todas las disposiciones municipales dadas por él para adecentar las escuelas, sitios sombríos y miserables, para limpiar las calles y los pozos negros, para sanear las fuentes, poner árboles en los caminos y unificar las pesas y medidas, la gente las tomaba por verdaderos insultos.

¿A qué se metía aquel forastero a cambiar las costumbres de los arandinos? ¿Es que no habían vivido sus padres igual que ellos? ¿No se habían revolcado en la tradicional suciedad española sin detrimento de su salud?

La gente consideraba una ofensa el que alguien encontrara puerco y mal oliente el pueblo, y aquel prurito de limpiar les parecía ridículo y vejatorio y una manifestación de tiranía insoportable.