Los curas ayudaban este sentimiento canallesco y populachero. Se le acusaba a Aviraneta de propagandista masón y de tener una policía a su servicio para descubrir cuanto tramaban los enemigos de las instituciones liberales y comunicarlo al Gobierno y al jefe político.

La pequeña tropa de Milicia voluntaria de caballería era profundamente odiada y muchas veces había recibido tiros y pedradas, que no se sabía de dónde venían.

Otros, más cobardes, se vengaban en el viejo mendigo Guillotina.

Al principio la locura oratoria de este pobre loco había producido risa; a medida que el sentimiento realista y fanático tomaba violencia, el Tío Guillotina se iba haciendo odioso, y los chicos y los hombres le tiraban piedras y le pegaban.

Aviraneta le daba todas las semanas a Guillotina algo para comer, y el Lobo también le protegía.

Casi constantemente Aviraneta recibía algún anónimo insultante y amenazador. Él se reía y una de las veces lo clavó con cuatro tachuelas en el portal de su casa para que todo el mundo pudiese leerlo.

Aviraneta hacía como que no se enteraba de la hostilidad contra él; recorría el pueblo solo y únicamente de noche iba acompañado de sus bravi. Esta disposición la tomó desde que una vez, al acercarse a la Casa de la Muerta, le dispararon un trabucazo. Por fortuna, ninguna de las balas le dió.

Aviraneta, al anochecer, marchaba con frecuencia a la posada del Zamorano o al mesón del Brigante, del que era dueño el Lobo.

Allí, en la parte destinada a taberna, debajo de los retratos del Empecinado y de Riego, hablaba con el guerrillero y con su mujer y pasaba a la cocina del mesón. Si entraba algún carretero conocido le decía: «¡Eh, buen amigo! ¿Qué tal? ¿Se viene de lejos?» Y departía con los arrieros, les preguntaba de dónde venían, adónde iban; se informaba de las novedades del camino, del precio del aceite y del trigo y de lo que decían en Almazán, en Soria o en Roa.