El arriero contaba lo que había visto y oído, llevaba sus mulas a la cuadra, cenaba en la cocina y luego se dedicaba a echar chicoleos a las criadas.

Aviraneta, después de saturarse de vida pobre, marchaba a su casa, se mudaba, hacía encender los candelabros y cenaba como un gran señor.


IV.
UNA FAMILIA AMIGA

Aviraneta era hombre poco amigo de la soledad y siempre encontraba algún sitio adonde ir de tertulia.

Casi todas las tardes, al anochecer, daba unas cuantas vueltas por la Acera, hablando con los amigos; después solía pasar por la botica de Castrillo, cuya bola verde iluminaba casi hasta el centro de la plaza; charlaba allí un rato; luego salía, saludaba a la gente de la confitería de doña Manolita y cambiaba un saludo con Schültze, el relojero, que al verle se levantaba y le hacía siempre la misma pregunta. Le gustaba pasear de noche por la plaza y las calles inmediatas, mirar el interior de las tiendas y sorprender la vida del pueblo en sus rincones.

Al mismo tiempo que Eugenio hacía amistades, su madre se había relacionado con la familia del juez, recién llegado al pueblo, que vivía en la vecindad, en la misma plaza del Trigo.

Se llamaba este juez don Francisco Auñón.

Don Francisco era hombre culto, inteligente, de unos cuarenta a cuarenta y cinco años. Se había casado muy joven y tenía dos hijas, Rosalía y Teresita, de diez y ocho y quince años, respectivamente, y un niño de diez, Juanito.