Auñón era hombre serio, pero de poca energía. Le dominaba su mujer, doña Antonia, a quien su marido y luego los íntimos de la casa, entre ellos Aviraneta, llamaban doña Nona.

Doña Nona debía haber sido de soltera muy guapa, pero había engordado y su antigua belleza estaba amortiguada por su gordura.

Doña Nona tenía una cara de Dolorosa, pálida y parada; los ojos grandes y negros, la boca pequeña, el pelo de ébano.

Espiritualmente era el tipo de la mujer española práctica, hacendosa, indiferente a todo lo que no fuera su casa, con un egoísmo familiar llevado a las últimas consecuencias.

La hija mayor, Rosalía, debía ser el retrato de su madre joven. Era muy bonita, muy fresca, muy sonriente, de ojos negros hermosísimos y color atezado. Tenía muy buen carácter y un aplomo perfecto, ese aplomo del castellano que ve la vida tal como es y a quien no se le ocurre sentir de una manera literaria—es decir, exagerada—las pasiones.

Teresita, la otra hija del juez, menos exuberante que su hermana, acababa de pasar esa edad en que las niñas comienzan a dejar las muñecas, pero todavía no había llegado al período de los muñecos.

Teresita prometía ser muy lista; le gustaba leer y estudiar. Lo único que tenía allí eran libros religiosos. Leía La vida de los Santos y la Guía de Pecadores, y sabía muchas poesías de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz y de Fray Luis de León.

La madre de Aviraneta iba de tertulia a casa del juez y solía estar hablando y haciendo media.

Aviraneta bromeaba mucho con las dos muchachas.