Don Eugenio y el juez charlaban largamente y se entendían bien.
Aviraneta tenía una gran facundia y no dejaba languidecer la conversación. Le gustaba sentarse en el comedor de la casa de su amigo y burlarse de todo el mundo. El Ayuntamiento, la Milicia Nacional de Aranda, las modas, las murmuraciones del pueblo le proporcionaban tema inagotable para sus burlas.
A Aviraneta le gustaba que le hicieran encargos, y doña Nona y Rosalía le pedían una porción de cosas.
Era don Eugenio capaz de hacer un viaje a Valladolid o a Madrid, a caballo, para llevarles un adorno, una chuchería de moda cualquiera.
Muchos aseguraban que Aviraneta iba principalmente por Rosalía, que estaba muy guapa; pero era difícil que un hombre tan atareado como Aviraneta pudiera enamorarse seriamente.
Durante largo tiempo Aviraneta y su madre fueron los contertulios habituales de la casa del juez; pero al principio de otoño apareció un curita, don Víctor, muy amigo de doña Nona, a hacer la competencia a don Eugenio y a minarle el terreno.
Don Víctor conquistó a doña Nona y a la madre de Aviraneta. Luchar con él era imposible.
Este curita, joven e inteligente—inteligente a lo cura—, se comenzaba a distinguir por sus sermones anticonstitucionales. Quería ser en Aranda lo que eran el padre Maduaga en Cáceres y fray Miguel González, el colector de la Victoria, en Burgos. Decía que la Constitución era cosa del infierno, que se hallaban condenados irremisiblemente todos los constitucionales y que el Gobierno Revolucionario estaba hundido en el cieno y en la sangre.
Este curita había echado a volar desde el púlpito de la iglesia de San Juan una frase que, según decían, era de San Agustín, frase que consistía en asegurar lo lícito de la persecución por amor.
La persecución por amor era un buen invento para una época de guerra civil.