Aviraneta pensaba que al cleriguillo aquel él le hubiera pegado con gusto una paliza para que no intrigara en contra suya en la casa del juez, no por odio ni por mala voluntad, sino por amor. La persecución por el amor.
Don Víctor, el cura, tenía un gran ayudante en una señora, doña Cleofé Navas, viuda de un militar.
Doña Cleofé era una mujer alta, fuerte, enérgica, hombruna, seria y autoritaria. Tenía una rigidez de fariseo en paso de Semana Santa, la cara amarillenta y dura, con unas arrugas que parecían hechas con tiralíneas; la nariz aguileña y los labios finos.
Doña Cleofé era una de estas mujeres caritativas que nacen para hacer la desesperación de los desdichados. Era el recaudador de contribuciones, el agente de policía, el tambor mayor de la caridad; visitaba las casas pobres, donde reñía a la gente; asistía a los moribundos, para darles la puntilla recordándoles que estaban en las últimas, y pasaba la vida en la iglesia.
Doña Cleofé tenía un hijo, con quien no se hablaba, una hija reñida con ella, y un yerno que la hubiese querido ver en el hospital, en la sala de los tiñosos.
Las criadas no aguantaban en casa de la beata más que unos días.
La paz del Señor reinaba en aquella santa morada.
Doña Cleofé solía tener una tertulia en su casa, en una sala tan antipática como ella, con unas estampas religiosas tan antipáticas como la sala, con una consola y unas butacas tan antipáticas como las estampas, y una alfombra y unas cortinas tan antipáticas como las butacas y la consola.
En este cuarto antipático se reunía la tertulia de las viejas beatas más antipáticas del pueblo.