V.
EL SEÑOR SORIHUELA
Había un señor que vivía en Aranda dedicado al estudio.
Este señor, viejo, solitario y apolillado, el señor Sorihuela, había vivido en Madrid en otra época, protegido por Godoy y en relación con los masones.
El señor Sorihuela se dedicaba a estudiar la historia de España en tiempos antiguos y a hacer un plano de las calzadas romanas en las provincias de Burgos y Soria; recogía fósiles, monedas y pedruscos, y hacía estadísticas. Como se ve, se dedicaba a cosas sin importancia.
El señor Sorihuela era bajo, regordete, cuadrado, feo como buen erudito. Tenía la cabeza grande, el pelo cano, la cara roja por el herpetismo—según otros, por el vino—, la frente despejada y blanca, y las patillas grises.
Este arandino ilustre gastaba larga casaca verde, de cola de abadejo; chaleco abotonado hasta el cuello, calzones de paño, medias de lana y una gran corbata de batista de dudosa blancura.
El señor Sorihuela tenía un perro chato, y era un problema, al verlos juntos, saber si el perro se parecía a él o él se parecía al perro. A punto fijo no era fácil averiguar quién era más egoísta de los dos, si el perro o el hombre; probablemente lo era el hombre.
El señor Sorihuela lucía un egoísmo suspicaz e inquieto. Hombre culto, y sobre todo muy prudente, se había creado fama de loco en el pueblo, y la cultivaba para disfrutar de libertad.
Sorihuela tenía mucho miedo a los ladrones, y más miedo aún de que alguna de las piezas de su colección o algunos datos de sus carpetas desapareciesen.