El señor Sorihuela era un incrédulo; iba todos los días a la iglesia y solía estar leyendo algún libro de Estrabón o de Plinio.

El señor Sorihuela despreciaba a los hombres, despreciaba más a las mujeres, despreciaba la política, la religión, todo lo establecido y por establecer, cosa, después de todo, muy razonable; lo único que no despreciaba—y aquí estaba el tendón de Aquiles de su personalidad—era la historia y la numismática. Para este erudito, la idea de que dentro de cien, quizá de doscientos años, los numismáticos, los investigadores que se ocuparan de la historia romana en la Celtiberia tendrían que hablar de él, de él, del señor Sorihuela, a quien nadie consideraba en el pueblo y que, sin embargo, según el informe desinteresado del propio Sorihuela, era el único hombre digno de consideración de Aranda; la idea de que tendrían que citarlo y alabarlo era tan halagüeña, tan agradable, que constituía su gran esperanza.

Tal pensamiento sumía al viejo erudito en un ambiente de delicia numismática, que era como el avance de los goces de la inmortalidad.

El único amigo de Sorihuela era un cura llamado don Juan Caspe. Este hombre tenía un tipo repulsivo, y lo era: su cara roja y pustulosa, el manteo lleno de lamparones, hacían que fuera poco agradable encontrarlo en el campo visual del observador.

La fama de este curángano era casi tan mala como su aspecto; se sabía que era aficionado al vino, y se decían además de él cosas abominables. Eso sí, todo el mundo reconocía que don Juan, a quien no había por dónde cogerlo en cuestión de moralidad, era un gran latinista y que sabía como pocos la historia de la Iglesia.

Verdad es que nadie tenía en el pueblo la pretensión de conocer bien la historia de la Iglesia, y se cedía este mérito al clérigo sin inconveniente.

Como todos los personajes excéntricos tienen, naturalmente, una tendencia a encontrarse, Aviraneta solía ir a visitar al señor Sorihuela, pensando si en la cabeza del hombre numismático habría algo útil que aprovechar en un sentido actual.

El numismático recibía a Aviraneta en unos salones bajos y destartalados, donde tenía sus colecciones, y hablaban.

Aviraneta le reprochaba que se ocupara de cosas que no servían para nada, y Sorihuela contestaba con acento sarcástico:

—Sí; si yo ya sé que lo que hago no sirve para nada. ¿Qué importancia tienen las calzadas romanas? Ninguna. Como que los romanos eran unos imbéciles, unos pobres majaderos...