Aviraneta se reía, y replicaba:

—Yo no sé cómo eran los romanos, ni me importa gran cosa; lo que sí sé es cómo son los hombres modernos, en especial los españoles, y en particular los de Aranda, y creo que toda la gente que tiene alguna inteligencia debe contribuír a mejorar su estado.

—Pues no seré yo el que tal haga.

—Porque es usted un egoísta, señor de Sorihuela.

—Y usted lo es mayor, señor de Aviraneta. Lo que ocurre es que usted tiene muchas condiciones para intrigar y hacer trastadas.

—Muchas gracias por el favor, señor de Sorihuela.

—Y usted mismo lo reconoce, señor de Aviraneta. Es usted como un perro perdiguero que dijera: «tengo el deber de cazar», o como un gato que creyera que se sacrificaba matando ratones. Ha nacido usted para eso, como yo he nacido para hacer el plano de las calzadas romanas. ¡Vaya un mérito!

—Esos son argumentos de topo, señor de Sorihuela. Si saliera usted al sol vería que todos esos sofismas no tienen valor.

—No, no tienen valor. Si usted fuera un hombre culto, señor de Aviraneta, que no lo es, y en vez de aprender gramática parda en los suburbios y callejuelas hubiera usted frecuentado los clásicos, le diría que una vez, leyendo a Diógenes Laercio, me fijé en la frase de un sofista griego llamado Protágoras, el cual asegura que el hombre es la medida de todas las cosas. Al principio la proposición me pareció absurda; pero, dándole vueltas en el pensamiento, vine a caer en la profundidad de la frase y en que estaba más dentro de la realidad que ninguna otra.

—¿Y qué consecuencia saca usted de esto, señor de Sorihuela?