—Saco la consecuencia de que usted mira el mundo con la medida de un regidor del Ayuntamiento de Aranda injerto en miliciano nacional, y yo...
—Con la medida de un peón caminero...
—Protesto.
—De un peón caminero romano.
—No pretendo convencer a usted, porque es usted un hombre inculto.
—¿Convencerme de qué? ¿De la utilidad de los peones camineros y de las calzadas? Estoy convencido ya.
—¡Bárbaros! ¡Beocios! ¿Qué os proponéis con ese desprecio por el pasado?—gritaba el señor Sorihuela—. Si no habéis de durar un momento. Andad, andad; lucíos, mequetrefes; petulantuelos, echáodlas de dictadores; ya os darán lo vuestro. Sois orugas que se han convertido en mariposas. Os creéis dueños del mundo y del aire; pero mañana vendrán los fríos y se acabarán vuestros triunfos.
—¿Y morirá la libertad? ¿Cree usted...?
—No; la libertad no; vosotros. Porque la libertad no muere; todo deja un germen, y de esos gérmenes vendrán nuevas crisálidas y nuevas mariposas... Se eclipsa el absolutismo, y volverá; se eclipsará vuestra Constitución, y volverá después. Todo vuelve... Pero, en fin, haced lo que queráis. A mí nada me importa.