—No se incomode usted, señor Sorihuela—replicaba Aviraneta—; no hay motivo. Le hago a usted hablar para oírle. Su conversación aclara algunas de mis ideas. Como dice usted, soy un hombre inculto.
—¿Lo reconoce usted?
—Sin duda alguna. Pero vamos a ver: ¿Qué piensa usted de lo que hace el Gobierno? ¿Qué le parece a usted la gestión de los liberales en Aranda?
—¿Qué me parece? Mal; muy mal. ¿Qué pretenden ustedes? ¿Me quiere usted decir? ¿Acabar con la tranquilidad del mundo? ¿Inculcar en el pobre el odio al rico?
—No.
—Sí; yo digo que sí, y añado que el día que el pobre no respete al rico, que tiene dinero y poder, precisamente porque es rico y poderoso, ese día la sociedad caerá en el mayor desorden.
—Que caiga. Es posible que eso sea necesario.
—¿Para qué?
—Para progresar, para mejorar.
—No esperes la República de Platón—dice Marco Aurelio—; conténtate con llevar remedio a los grandes males.