—Yo no hubiera dicho eso.
—¿No?
—No. Yo hubiera dicho: «No esperes la República de Platón; pero trabaja por ella como si pudiera venir».
—¡Qué ilusión más absurda! Cuanto más cerca está un país de su esplendor, está más cerca de su ruina. Se multiplican las necesidades, vienen nuevas angustias, nuevos dolores, nuevas preocupaciones... Es lo que sucedió con el Imperio Romano. No hay mas que leer a Tácito.
—Transportémonos a Aranda—replicaba Aviraneta.
—¿Es que los ejemplos no valen?—gritaba irritado el señor Sorihuela.
—Para mí muy poco. Discutamos, si usted quiere, lo que ocurre. ¿Usted supone que limpiar un pueblo, establecer escuelas, plantar árboles, organizar mejor la vida, no sirve para nada?
—Sirve; yo no digo que no sirva; sirve para el que tiene esa necesidad de tener la calle limpia; para el que no le importa que esté su calle limpia no sirve; al que cree que no conviene ir a la escuela, no le preocupa que ésta esté bien o mal. Y hoy, en España, a la mayoría de la gente no le importa, ni por el montón de estiércol, ni por la escuela mala.
—Pero hay que hacer que les importe.
—¿Cómo?