—Convenciéndoles, demostrándoles que salen ganando.
—No. ¡Qué han de salir ganando! ¿Y la comodidad de no pensar y de no preocuparse? ¿Y el dejarse llevar por las ideas hechas, por las costumbres hechas?
—¡Qué miseria!—exclamaba Aviraneta—. ¡Qué cobardía! Nosotros, los filósofos, ¿vamos a dejar que el mundo se rija por las necedades del montón?
—¿Qué petulancia es esa de decir nosotros los filósofos?
—¡Pse! En un país en donde los frailes de una Universidad decían: «Lejos de nosotros la funesta manía de pensar», no está mal que se tenga la petulancia de ser filósofo...
Realmente, Aviraneta tenía razón. En tiempo de la primera guerra carlista había en el campo del Pretendiente el partido ilustrado o de los listos, y el no ilustrado o el de los brutos.
Los prohombres de este último partido hablaban así a su rey:
—Nosotros, los brutos, llevaremos a Su Majestad a Madrid.