Es muy posible que cuando los hombres se llaman a sí mismo los filósofos, se equivoquen, y no sean tan filósofos como se figuren, y es posible también que cuando se llaman a sí mismo los brutos, no sean brutos como creen.

Pero siempre resultará que los que dicen: «Nosotros los filósofos», aspiran a ser filósofos, y los que dicen: «Nosotros los brutos», aspiran a ser más brutos de lo que son. Y entre una aspiración y otra, no cabe duda que la primera es mejor...


El señor de Sorihuela, volviéndose contra Aviraneta, decía:

—Sois de una necedad verdaderamente inaguantable; habláis de todo, y resulta que no comprendéis nada.

—¿Es que siempre las costumbres viejas son cómodas?—preguntaba Aviraneta.

—Siempre más cómodas que el tener que inventar otras. El hombre de aquí o de allá sabe lo que tiene que hacer en la ceremonia de la boda, cuando nace el hijo, cuando se le muere el padre... Todo el mundo, queriendo ser original, sería el salvajismo.

—Yo lo preferiría a la rutina.

—Pues afortunadamente, amigo mío, es usted de los pocos. La gente está contenta con sus prejuicios, con sus hábitos, y le va bien así, y nadie quiere cambiar, y los que parece que quieren cambiar no son mas que ambiciosos que, como han visto que al Arco Agüero, al Riego y a los demás les han dado tres grados y buenas pensiones, esperan que a ellos les pase igual.

—¿Y yo también soy un ambicioso, señor de Sorihuela?