—No. Usted es algo peor que eso: usted es un canalla.

—Gracias. Desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos de numismática os contemplan.

—¡Sí, usted es un canalla, que goza mortificando a los demás!

—¿De manera que, para usted, todo el que no se sienta peón caminero de las carreteras romanas es un bandido?

—Todos, no; pero usted, sí.

—¿De manera que fuera de la numismática no hay salvación?

—Para el que está hundido en el fango, no.

—Me conmueve esta opinión halagüeña que tiene usted de mí, señor de Sorihuela. ¿De manera que, según usted, no se debe protestar contra lo malo, y cuanto peor está la sociedad está mejor? Así es que vengan las calles sucias, la falta de agua, la falta de escuelas, la peste... Vengan frailes bien puercos, sacristanes, legos, donados, demandaderos de monjas, pordioseros, ermitaños; paguemos diezmos y primicias a la Iglesia de Dios, y sufragios para las benditas ánimas del Purgatorio, y viva la viruela, el tifus y las lacras... Es usted gracioso, señor de Sorihuela. Pero dejemos esto, que no tiene importancia. Vamos a lo trascendental, a lo científico. ¿Cuántos granos de uva cree usted que tendrá la cosecha de este año en Aranda?

—¡Vaya usted a paseo!