Aviraneta no era de los turbulentos que languidecen en tiempo de paz. Llevaba la turbulencia allí por donde iba; la paz era también para él la guerra, porque constantemente estaba intrigando, conspirando, ejerciendo sus facultades de dominación y de lucha.
La vida de casi todos los hombres es como una cadena de eslabones iguales; la vida de los tipos como Aviraneta es una cadena en que cada eslabón es diferente. Sin embargo, la cadena de su existencia en ellos es también una unidad.
Del fondo del espíritu suyo brotaba un manantial de energía que le permitía elasticidad suficiente para no dejarse laminar por la reglamentación estrecha de un pueblo; estaba rompiendo constantemente el tejido de preocupaciones que forma la vida estancada alrededor del hombre.
Ese tejido conjuntivo de la sociedad, que fija al individuo en el ambiente y lo inmoviliza y lo deforma, no tenía para el Tirano, para el Robespierre de Aranda, más valor que una cosa que se dejaba penetrar sin dificultad.
Aviraneta no podía, seguramente, deshacer la tradición en el espíritu de los demás, ni en el espíritu del pueblo; pero la rompía en sí mismo constantemente.
Él pensaba lo contrario; se hacía la ilusión de que su empuje demoledor, su acometividad de revolucionario, iba abriendo una brecha en la vieja fortaleza de la España arcaica.
El Tirano se encontraba siempre con energía suficiente para adaptarse y para desadaptarse, para soportar los lazos sociales y para cortarlos bruscamente. A veces tenía algún miedo retrospectivo por haber hollado y despreciado la costumbre respetada; pero en el momento de ejecutar estaba siempre tranquilo.
La ilusión, la eterna esperanza, fingiéndole para el día siguiente oasis espléndidos, le hacía en el instante de decidirse a algo ligero y fuerte como un pájaro de presa.
Cuando perdía su aliento, el Tirano, hombre dinámico antetodo, que no había llegado a un estado completo de conciencia, consideraba que sus períodos de desmayo para la acción eran resultado de un morbo psicológico.
No suponía nunca que el mundo pudiese ser una estepa, un pedregal árido, sin una mata, sin una fuente, sin una humilde flor; la Ilusión, esa gran Maia de los indios, le hacía ver siempre delante de los ojos un magnífico telón con hermosas perspectivas, sobre el cual las miserias de la vida próxima eran únicamente negruras para contrastar con la claridad y la belleza de las cosas futuras y lejanas.