El terrible egoísmo de los hombres, su vanidad, su envidia, su petulancia, la mezquindad de espíritu de las mujeres, el odio entre sí por rivalidad sexual, tan despreciable y tan bajo; la vida basada en la cobardía y en la constante abdicación de lo más noble, eran para él pequeños episodios, ligeras manchas sin importancia.
Todo el conjunto inarmónico de voces de la naturaleza y del hombre, el clamor del rencor, de la desesperación, del egoísmo de la Humanidad entera, animado por la ilusión constante, le parecía una sinfonía con su ritmo, el coro trágico sobre el cual se levantaba la voz poderosa del héroe.
Podía suponer que el terreno pisado hoy sería ingrato para él. ¿Y qué? En cambio, el de mañana tenía que ser admirablemente bello.
Aviraneta caía rara vez en el desaliento y en la desgana. Bastaba que encontrara algo que hacer para que huyeran en seguida todas sus vacilaciones.
Su pensamiento era siempre dinámico; no podía discurrir sin unir al discurso una idea de acción, y cuando llegaba a ésta comenzaba a poner los medios para realizarla.
Sólo algunas veces, muy raras, deprimido por ligeras afecciones artríticas, sentía que su inteligencia comenzaba a vagar en lo abstracto, y entonces se decía a sí mismo:
—Algo me ha hecho daño.
Uno de los entusiasmos de Aviraneta era lo difícil. Lo difícil es la gran atracción de todos los aventureros; lo difícil exige inteligencia, tesón, frialdad, nervios duros, espíritu ecuánime. Intentar lo difícil, imponerse una tarea ardua y superior a las fuerzas de la generalidad, trabajar como un condenado. Este era su orgullo.
Para un hombre tan fértil en recursos como él, de un valor y de una serenidad rara, la dificultad era el mayor atractivo.
Si Aviraneta hubiera sido filósofo y hubiera intentado postular su ley moral, la hubiera formulado así: «Obra de modo que tus actos concuerden y parezcan dimanar lógicamente de la figura ideal que te has formado de ti mismo».