Aviraneta creía que era valiente, sereno, frío; pues sus actos debían estar a la altura de su valor, de su serenidad y de su frialdad supuesta.
Generalizando la norma de Aviraneta, el Tenorio debía obrar como Tenorio; el intrigante como intrigante; el ladrón como ladrón. La moral de Aviraneta era moral de cómico, moral de teatro, moral un tanto inmoral; pero moral fuerte, al menos para él.
Aviraneta acertaba o no acertaba en sus acciones, pero no tenía remordimientos.
La conciencia, indudablemente, tiene algo parecido con una función orgánica como la digestión. No es sólo la bondad o maldad de las acciones, o de las substancias ingeridas, la que produce el remordimiento en la conciencia o la indigestión en el estómago; es, más que nada, la fuerza del órgano de pensar y de digerir la que falla o la que vence.
Hay conciencias como el buche de los avestruces, que deshacen las piedras; hay otras, en cambio, como las corolas de las sensitivas, que se marchitan al menor contacto.
El Tirano tenía una conciencia fuerte; digería todas sus acciones y no se acordaba de ellas. Jamás le venía a la imaginación la idea de preguntarse si había obrado bien o mal en estas o las otras circunstancias del pasado; lo único que se le ocurría preguntarse era si en este o en el otro momento se había conducido con habilidad.
No quería juzgar su vida y someterla a normas de sacristía ni de logia masónica.
Inconscientemente, la moral era para él una cuestión de pulcritud, como la buena ropa o la buena caligrafía.
Su amigo de la mocedad el capitán Sanguinetti le decía muchas veces: