«Mio caro, studiate la matematica», y Aviraneta estudiaba la matemática a su modo.
Aviraneta tendía siempre, como su primer maestro, Merino, a dejar en el misterio sus fines y sus medios de acción. Así infundía en los demás la idea de que era más poderoso de lo que era en realidad, y esta idea refluía después en sí mismo y le daba fuerza.
Estos hombres de acción se forjan, sin saberlo, motivos que salen de ellos y vuelven a ellos, y los toman como si vinieran del ambiente.
Aviraneta creía en la fisiognomía; había leído a Lavater, e intentaba aplicar sus teorías.
Le gustaba estudiar a una persona mirándola. Creía que la primera impresión visual era importante; que se podía llegar a averiguar el sentido de una vida por la cara de un hombre.
Por esto uno de sus esfuerzos era aprender a conocer a los demás y aprender a disimular.
Aviraneta suponía que cada momento que pasaba mejoraba su juicio; toda su vida anterior le parecía infancia. Ilusión, seguramente; pero ilusión halagadora.
Aviraneta no se sentía fatalista, y, sin embargo, lo era. Tenía demasiada confianza en sí mismo para no creer un poco en su estrella.
El Tirano no se analizaba, no se preocupaba de sus contradicciones; quería prepararse para la vida sedentaria, y había días que andaba cinco leguas a caballo. Le dolía perder los hábitos de un guerrillero; esperaba volver a serlo.
Pensaba también que podía convertirse en un buen señor sedentario y tranquilo; pero en el fondo, ni la familia, ni la mujer, ni el hogar le seducían. Era el pajarraco salvaje que necesita espacio, soledad, desolación...