Aviraneta creía que trabajaba para los demás; pero en el fondo trabajaba para sí mismo, no por sentido utilitario práctico, sino porque era un coleccionista de empresas difíciles y peligrosas.
Aviraneta, que había suprimido el remordimiento, quería suprimir el temor.
Su tío y maestro Gastón Etchepare le había escrito una vez: «Un hombre digno no debe temer nunca, al menos en los momentos de salud y de razón; ni la muerte, y después la nada, si es incrédulo; ni la muerte, y después el infierno, si es creyente. ¿Temor? Jamás. Ni aunque fuéramos responsables de nuestros actos debemos temer».
Aviraneta intrigaba, iba, venía; se le solía ver esperando con impaciencia las galeras que llegaban con el correo desde Irún y Madrid...
En aquel pueblo castellano, pardo, terroso, de casas de madera y adobes, había un hombre que vivía con la misma energía que un ciudadano de una república italiana del Renacimiento, o que un vecino de París en tiempos de la Revolución. Era don Eugenio de Aviraneta, que llevaba bajo su cráneo, ancho y espacioso, un mundo de intrigas, de maquinaciones, de sueños de ambición y de poder...
LIBRO TERCERO
ASECHANZAS Y EMBOSCADAS
I.
UN OFICIO
Una mañana de a mediados de julio, poco antes de la hora de comer, estaba don Eugenio en su despacho del Ayuntamiento cuando se le presentó un correo con un pliego. Aviraneta lo abrió y leyó, no sin cierta sorpresa, este oficio: