—Este hombre está comprometiendo al Ayuntamiento y al pueblo—murmuró Argucias—. Debías abandonarlo.

—El caso es...

—No le dejéis hacer lo que quiera.

—¡Yo cómo me voy a oponer!

—Sí. Entre el secretario y tú podéis pararle los pies.

—No es tan fácil.

—Sí. ¡No ha de ser fácil! Todos los buenos tenemos que unirnos. Lo que tú sepas me lo cuentas a mí, yo se lo advertiré al párroco. Éste me dijo el otro día: «Parece mentira; Frutos, un buen muchacho que tantas veces me ha ayudado a misa, de monaguillo, que esté al lado de ese hombre». Y yo le contesté: En el fondo, Frutos está con nosotros.

—¿Eso le dijo usted?

—Sí.

El joven Frutos quedó perplejo.