—No, no; yo...—balbuceó.

—¿Por qué no averiguas lo que le han escrito? Es posible que le llamen a algún lado, y entonces...

—¿Qué?

—Vas con él.

—Sí; y luego, el pueblo creerá...

—No; ya lo advertiremos nosotros en todos lados. Tenemos a la Gaceta.

En esto entró Diamante en el portal, miró con desdén a los dos hombres, y preguntó:

—¿Está don Eugenio?

—No; ha salido—contestó Frutos, secamente.