—Pues no sé cuál es.
El primer movimiento de Diamante fué de envidia.
¿Por qué le llamaban a Aviraneta y no a él? Aquel hombre había estado en la guerra de la Independencia, se había mezclado en las conspiraciones liberales, había estado en Méjico, en París, y ahora le llamaban..., y a él no.
Pasado el movimiento de envidia vino la curiosidad.
—A usted no le molestará que yo le acompañe—dijo Diamante.
—No, hombre.
—Entonces, voy con usted.
—Y si usted quiere—dijo Frutos—, yo iré también.
—Como ustedes quieran. Pero yo no sé si tendrán ustedes que hacer algo.
—Eso allí se verá—replicó Diamante.