Los dos soldados, con el hombre en medio, entraron en el pueblo, llegaron a la posada, cruzaron el zaguán, subieron las escaleras y entraron en el cuarto, en donde Aviraneta, sentado a la mesa con el sombrero calado, tomaba una taza de chocolate. Un candil humeante iluminaba la estancia.
—¿Da usted su permiso?—dijeron los soldados.
—¡Adelante! ¿Qué ocurre?
—Que traemos un preso.
—¡Cristo!—exclamó Aviraneta levantándose lleno de asombro—. El Cura Merino.
—El mismo soy, ¿qué me quieren?
—Vigilad la puerta—dijo Aviraneta a los soldados y a Jazmín—; que este hombre no se escape.
Los soldados se agolparon a la puerta. Aviraneta apagó el candil y luego se sentó. Entraba ya la luz de la mañana.