III
FRENTE A FRENTE

Quedó la estancia en una semiobscuridad borrosa y triste. El Cura Merino, con voz agria, preguntó:

—¿Quién manda aquí? ¿Por qué se me prende?

—El canónigo de Valencia no tiene nada que hacer en estos montes—repuso Aviraneta.

—Eso ¿quién lo dice?

—Lo digo yo.

—¡Esa voz, ese tipo!—murmuró el Cura extrañado acercándose a Aviraneta—. ¿Eres tú, Pisaverde?

—Soy yo, señor cura.

—¿Tú eres el que manda esta patrulla?

—El mismo.