—¿El que me ha mandado prender?
—Sí, señor.
El Cura cogió una silla y se sentó en ella.
—¿Qué piensas hacer conmigo?—dijo tras un momento de silencio.
—No sé lo que hará el gobernador de Burgos con usted. Si yo tuviera un poco de poder—añadió con acento duro—, antes de cinco minutos estaría usted fusilado.
El Cura se estremeció, se levantó de la silla y echó una mirada a su alrededor.
—No se canse usted. No puede usted escapar—dijo fríamente Aviraneta.
—¡Echegaray!—exclamó el Cura—. Tú no puedes tener motivo contra mí... Yo te estimo en lo que vales; te he querido...
—Sí, me ha querido usted fusilar cuando me tuvo usted entre sus garras.