Cuando concluyeron la partida, y antes de empezar una segunda, Stratford dijo que veía que teníamos sueño, y que lo mejor sería retirarnos.

Saludé a las señoras, y me fuí a mi cuarto. Me metí en la cama y dormí con un sueño profundo tres o cuatro horas. Al despertarme, pensé:

—He debido dormir mucho.

Miré el reloj; era la una y media. Estas tres o cuatro horas de sueño me habían dejado tan descansado, que me hubiese gustado tener algo que hacer, para salir inmediatamente al campo a andar o a correr.

—Voy a ver qué tiempo hace y qué aspecto tiene la noche.

Me levanté de la cama, descorrí las cortinas, abrí la ventana y las persianas. Hacía una noche soberbia, fresca. La luna resplandecía en el cielo y llenaba los boscajes de sombras misteriosas. A lo lejos, el río serpenteaba luminoso y fantástico. En el parque del castillo brillaba la luna sobre las copas plateadas de los tilos y de los robles; delante de la casa, en el jardín, se veía subir el surtidor de la fuente como una varita mágica de cristal y romper en su caída la superficie tranquila del estanque.

—Es una verdadera decoración—me dije—; ahora, como siempre en la naturaleza, en estos escenarios maravillosos faltan los actores y la acción.

Como en aquella época no tenía tanto miedo al relente como ahora, me puse el abrigo y me quedé en la ventana. Tuve el cuidado de apagar la luz.

De pronto vi dos sombras que se acercaban en la obscuridad, por una avenida de tilos. Agucé el oído. No hablaban; se oían sus pasos en la arena del jardín. Debían de ser un hombre y una mujer.

—¿Quién demonio serán?—me pregunté.