Me entró la curiosidad y me decidí a no retirarme de la ventana. Si los paseantes volvían a casa, tenían que cruzar una gran zona iluminada por la luz de la luna, y se les vería. Para que ellos no notaran mi ventana abierta, entorné las persianas, dejando sólo una rendija.
Poco después, las dos sombras aparecieron a la luz de la luna; iban separados el uno del otro, y hablaban en voz baja. Ella llevaba un pañuelo en la mano. Cerca de la casa, y en la sombra, volvieron nuevamente a hablar.
—Ahora le quiero más que nunca—dijo ella.
Era la misma voz que, cuando recitaba el diálogo de Hernani y de Doña Sol, decía cantando:
«Vous êtes mon lion superbe et généreux!»
Eran Stratford y Delfina.
Luego no se oyó nada; ni murmullo de besos ni de palabras. Yo me volví a acostar, y dormí hasta las nueve.