A la mañana siguiente, cuando bajé al comedor a desayunar, me encontré con sir David y su sobrina, y con Stratford, siempre impasible.
En la comida me pareció que Delfina estaba triste y que apenas probaba los platos.
Después de comer, como el día estaba tan espléndido, salimos a tomar café a una gran terraza, con una enorme enredadera que empezaba a verdear con el tiempo primaveral, y que tenía el tronco tan grueso como el cuerpo de un niño.
Desde allí se veía el río, verdoso, brillando al sol, que se alejaba por el campo.
Como tópico para la conversación nos pusimos a hablar de política, y discutimos la personalidad de Disraeli.
DISRAELI
En Inglaterra, en esta época, más que de O'Connell, de sir Roberto Peel y de lord Palmerston, se hablaba de Benjamín Disraeli, el judío escritor y orador, que después de haberse mostrado demócrata y republicano en su Epopeya Revolucionaria (Revolutionary Epic) se presentaba poco después partidario de los conservadores y campeón de los tories. Disraeli estaba en el momento de ser discutido. Se decía que su primer discurso en el Parlamento había sido tan pedantesco, y producido tal risa, que no pudo acabarlo.
Disraeli se acababa de casar con una viuda rica, más vieja que él.
El célebre O'Connell, furioso por la defección del judío del campo radical y democrático, le había llamado apóstata, renegado, saltimbanqui y heredero del ladrón que murió en la cruz en la impenitencia final.
Un político a quien se ataca así es un hombre que ha llegado a ser algo, y Disraeli, a pesar de la antipatía que inspiraba al partido tory por su procedencia judía, era el futuro jefe de los conservadores ingleses.