—Y no la hay—dijo Stratford.

Sir David y yo nos reímos.

—Lo que parece cierto—indiqué yo—es que Talleyrand era hombre de gran ingenio.

—No lo creo—exclamó Stratford—; de cualquier bohemio insolente se recuerdan frases de la misma clase que las suyas.

—Está usted hoy muy difícil, Stratford—dijo riendo sir David.

—Algunas frases atribuídas a él—siguió diciendo Stratford—parece que eran de Chamfort, que a su vez las recogió en los salones.

—Y eso de que la palabra ha sido dada al hombre para ocultar el pensamiento, ¿no es exclusivamente suyo?—preguntó sir David.

—No—continuó Stratford—; la idea existe en esta forma o en otra aproximada en casi todos los idiomas. La frase, en francés, aparece ya construída en Voltaire, en el cuento del Chapon et de la Poularde, y luego fué arreglada por un dramaturgo y periodista, Hazel, y atribuída a Talleyrand.

EL AMBIENTE

—Es indudable—dijo sir David—que Talleyrand ha tenido, como todas las figuras históricas, una gran cantidad de aportaciones extrañas, y, además, el fondo que le ha dado la época. ¿Qué hubiera sido César Borgia si en vez de vivir en Italia hubiera vivido en Islandia o en la Siberia? ¿Qué carácter hubieran tenido sus hazañas si no se hubieran destacado sobre el fondo brillante de Roma y del papado? Probablemente, la historia de César Borgia sería en estos casos desconocida.