—Es cierto—contestó Stratford—, pero siempre tenemos la tendencia de buscar y de separar lo que nace de la personalidad y lo que presta el ambiente.
—Todo lo humano—repuso sir David—es producto de una individualidad, multiplicándose o luchando con el ambiente. Las facilidades que da el medio, como los obstáculos, son nuestros, llegan a formar el substrato de nuestra personalidad. Claro; sería curioso, nos gustaría saber qué cantidad de energía hay en el hombre separado de las condiciones del ambiente, pero esto, por ahora, es imposible. No sabemos si la psicología, con el tiempo, podrá tener un dinamómetro para medir la fuerza espiritual, pero por ahora no lo tiene, ni lo busca.
—Estamos, además, en pleno doctrinarismo—dijo Stratford—; en una época en que se rinde culto a las utopías y a las sombras de las utopías.
LAS CONDICIONES DE LOS POLÍTICOS
Después de pasar revista a los políticos de casi todos los países se habló de las condiciones especiales que se necesitaban para la política.
—Para ser político hay que ser un monstruo de ambición—dijo Stratford.
—Hoy está usted terrible—exclamó sir David.
—Todos los grandes políticos han subido a fuerza de traiciones, de hipocresía, de disimulo y de ingratitud. César, Fernando el Católico, Catalina de Médicis, Richelieu, Cisneros, Mazarino, la gran Catalina de Rusia, Napoleón...
—Y hasta Cromwell—dije yo.
—Sir David se echó a reír.