—Eso, quizá no lo quiera reconocer Stratford.
—Sí; Cromwell fué un hipócrita—replicó mi amigo—, pero más que un político tiene el carácter de un agitador religioso. A Cromwell se le podrá comparar con Lutero o con Calvino, o con el mismo Loyola, mejor que con un Médicis o con un Borgia. Todos estos políticos clásicos son fríos, ateos, bandidos con éxito. Catalina de Médicis acepta el patronaje de Diana de Poitiers, la querida de su marido; César, el de Catilina; Richelieu, el de Concini y su mujer, a quienes deja que los asesinen cuando caen en la desgracia; Talleyrand, el de Mirabeau; Napoleón, el de Robespierre, y luego, el de Barras, y no contento con esto se casa con su querida.
—Tienen que tener buen estómago—indiqué yo.
—Todos son comedores de sapos—dijo Stratford—, para los cuales no hay nada que dé asco. Luego, claro es, se vengan cruelmente de la humanidad entera, tratándola a baquetazos. Todo es perfidia, todo es traición, todo es rivalidad en estos hombres que llamamos ilustres. Nos asombramos de que en esta pequeña guerra de España, Don Carlos mirara con recelo a Zumalacárregui, y que Cabrera haya denunciado a Carnicer. Siempre ha sido así en todos los países. Las repúblicas italianas eran un semillero de odios; los conquistadores españoles se denunciaban unos a otros e intentaban toda clase de calumnias para perjudicarse y enajenar a los rivales el favor real. La Convención era un cúmulo de odio: Marat odiaba a Dantón y a Robespierre, a quienes tenía por hombres distinguidos; Dantón despreciaba a Marat como a un loco furioso, y odiaba a Robespierre como a un pedante ramplón, que se hacía llamar incorruptible; Robespierre tenía a Marat como un rival en popularidad, y detestaba a Dantón como un hombre de talento mediano a un tipo genial que improvisa.
—Mi querido Stratford—dijo sir David—: no sé de dónde saca usted hoy tanta palabra y tanta cólera.
LOS TRAIDORES Y LA INGRATITUD
—Para ser político hay que ser decidido—siguió diciendo Stratford, a quien el asunto entretenía y prestaba aliento a su irritación interior—y no parar ni en la traición ni en la ingratitud.
—Yo no veo que la historia haya cantado a los traidores—hice observar yo.
—¡La historia! La historia, por fuera, es pomposa y falsa, y por dentro, no es mas que una serie de intrigas miserables, de zancadillas y de ingratitudes.
—Bien, sea así; pero reconozcamos que, al menos públicamente, no cantamos a los traidores en nuestras epopeyas históricas—dije yo.