—Es que hay mucha clase de traidores—replicó Stratford—. Yo no hablo de esos traidores como Judas, Perpenna, Ganelon, Bellido Dolfos o el Conde don Julián; esos son, si han existido, pobres diablos que se sacrificaron para que se puedan escribir malas tragedias y pintar detestables cuadros de historia. No, no hablo de los traidores que han nacido para hablar en endecasílabos o en alejandrinos, ni tampoco de los traidores de los melodramas de Bouchardy, sino de los traidores de todos los días, a los que a veces se les entierra, cuando mueren, en el Panteón o en la abadía de Westminster.

—Sí, una perfidia obscura hay en todos los hombres—replicó sir David—. Eso es humano. ¿Qué le vamos a hacer?

—Por lo menos, señalarlo; no engañarnos sobre nosotros mismos.

—Es la tendencia puritana que habla en usted, mi querido Stratford—dijo el viejo inglés.

—Yo espero que la política no será lo que ha sido hasta aquí: un conjunto de traiciones y de ingratitudes; yo creo que con el tiempo habrá otros medios de triunfar. Hoy por hoy, los que triunfan son los cínicos, los que no ven en los hombres y en las mujeres mas que instrumentos. Luego el éxito lo justifica todo.

—Pero a usted, Stratford—le dije yo—, ¿por qué le entristece tanto la idea de la traición y de la ingratitud, porque piensa usted que puede tener traidores y desagradecidos por sus favores o porque usted mismo puede ser desagradecido y traidor?

—Por ninguna de las dos cosas; pero más por lo último que por lo primero. Hacer favores y no tener gente agradecida no me importaría gran cosa.

Stratford estaba siempre en las alturas.

¿QUÉ QUEDARÁ?